¿De camino a una tercera intifada?

15/Oct/2015

Infobae, Federico Gaon

¿De camino a una tercera intifada?

La Tierra Santa es nuevamente foco de atención con motivo de
los actos terroristas que vienen sacudiendo a israelíes y a palestinos desde
hace algunas semanas. En medio de la violencia, los analistas se preguntan si
se avecina una tercera intifada, o si esta ya es una realidad asentada. Todos
los días se registran nuevos incidentes, generalmente provocados por jóvenes
palestinos con armas blancas contra uniformados y civiles israelíes. Desde mi
punto de vista, delinear a estas alturas si en efecto se trata de una intifada,
es decir, de un levantamiento general, es prematuro, en tanto la aseveración
genera mayor pesadumbre y ansiedad. Sin embargo, en cualquier caso, la pregunta
obvia es por qué está sucediéndose semejante escalada, por qué en este momento
y qué responsabilidad puede atribuírsele a cada bando.
Para poner la situación en contexto, la presente ola de
ataques terroristas se produce cuando la atención de la comunidad internacional
dista de estar enfocada en el conflicto israelí-palestino. Con las potencias
preocupadas por el desarrollo de los acontecimientos en Siria, en Yemen y en
Irak, y el conflicto sectario que sacude a todo Medio Oriente, la cuestión
palestina ha pasado a un plano secundario. En vista de las circunstancias, ha
quedado finalmente en evidencia que el embate entre árabes e israelíes no es
principal causante de inestabilidad y resquemor en la región. Esto ha quedado
visiblemente expuesto durante las recientes sesiones de Naciones Unidas, en
donde el tema de Palestina no tuvo el protagonismo que tuviera en años
anteriores. La agenda internacional, por el contrario, está sobrecargada con el
desasosiego sobre el futuro del mundo árabe, preso de una conflagración mayor
entre yihadistas y dictadores. Por esta razón, durante su discurso ante la
Asamblea General, el presidente palestino, Mahmud Abás, buscó precisamente
llamar la atención con el anuncio de que ya no se sentía obligado por los
acuerdos (de paz) de Oslo, establecidos dos décadas atrás.
Hasta el presente, políticos y comentaristas, algunos de
ellos desconocedores de la historia detrás del tema del cual hablan, sostienen
que la irresolución de la disputa entre israelíes y palestinos es el motor de
prácticamente todos los flagelos contemporáneos de Medio Oriente. Sin ir más
lejos, el liderazgo palestino siempre ha sabido capitalizar esta narrativa para
sobredimensionar la urgencia de sus reclamos y dar trascendencia global a su
bandera. Desde esta mirada, uno podría en parte examinar la Primera y la
Segunda Intifada como desencadenantes de atención pública. Discutiblemente, las
intifadas se lanzaron durante coyunturas en las que el mundo era relativamente
distante al embrete de los palestinos y, como mérito, lograron justamente que
las cámaras de televisión volvieran a transmitir desde Ramala, Hebrón y Gaza.
A finales de 1987, a partir de la muerte de cuatro
palestinos en un accidente de tránsito y otros incidentes, la Organización para
la Liberación de Palestina (OLP) hizo correr el rumor de que los israelíes
estaban asesinando grotesca y deliberadamente a los palestinos. Como inicio a
lo que sería la Primera Intifada, multitudes convocadas por sus líderes
salieron a manifestarse contra la presencia israelí en los territorios
palestinos. La atención mundial, en ese entonces atareada en las incidencias de
la Guerra Fría, giró hacia las icónicas imágenes de niños y jóvenes tirando
piedras (además de granadas caseras y bombas molotov) a los tanques israelíes.
Al caso, una década más tarde, la Segunda Intifada comenzó en el 2000, luego de
que fracasaran las negociaciones de Camp David entre israelíes y palestinos.
Por aquel entonces Yasir Arafat se había opuesto a cualquier compromiso;
se puso en contra a Bill Clinton, por consiguiente alejó a Palestina del favor
presidencial. Aunque la opinión pública compró la falacia de que los enfrentamientos
se dispararon con la visita del primer ministro israelí, Ariel Sharón, a la
Explanada de las Mezquitas, en septiembre de ese año, lo cierto es que el mismo
liderazgo palestino admitió que la intifada fue una operación orquestada. En
palabras de Nabil Shath, un prominente dirigente palestino: “Arafat vio que
repetir la Primera Intifada en nuevas formas traería presión sobre Israel”, y
que de este modo el mundo volvería a fijar su mirada en Palestina.
Hoy está ocurriendo algo muy similar, en el sentido de que
la Autoridad Nacional Palestina (ANP), la entidad protoestatal que devino de
los acuerdos de paz, está fomentando abiertamente la insurrección. Tal como
ocurriera quince años atrás con la visita de Sharón a la Explanada, en las
últimas semanas el liderazgo palestino viene exagerando la naturaleza de los
enfrentamientos en la Ciudad Vieja de Jerusalén para acusar a Israel de cometer
violaciones sistemáticas contra el pueblo palestino. Allí radica, en mi
opinión, el quid de la cuestión. Por alguna razón de parcialidad mediática, los
periodistas suelen citar los dichos de la dirigencia palestina pronunciados
frente a las cámaras occidentales, pero difícilmente se basan en lo que se dice
para el consumo local. Véase al respecto que Mahmud Abás, descrito como moderado
por los círculos diplomáticos, el 16 de septiembre dijo por televisión
palestina: “Bendecimos cada gota de sangre que ha sido derramada por Al-Quds
(Jerusalén) —sangre limpia y pura—, derramada por Alá”. “Cada mártir alcanzará
el paraíso y cada quien que resulte herido será recompensado por Alá”. Si con
eso no basta, refiriéndose al atentado contra una familia israelí perpetrado el
1.º de octubre (que resultó en la muerte de un matrimonio), Mahmud Ismail, un
funcionario de la ANP, dijo por televisión hace pocos días que se trató de un
acto de “deber nacional”.
Hamás, por su parte, también ha echado leña al fuego y ha
lanzado su propia campaña incitando al acuchillamiento de judíos. Si bien no es
por justificar sus acciones, puede decirse que Hamás no ha pactado el
reconocimiento mutuo con Israel, y su constitución islamista es explícita en
cuanto a sus intenciones asesinas. El caso es que uno no esperaría semejante
comportamiento de políticos que representan a una plataforma que —se supone— hizo
la paz con Israel y que, en palabras de Abás en la ONU, se ha comprometido a la
“resistencia pacífica”. En rigor, no obstante, la ANP ha comenzado a difundir
panfletos homenajeando a los terroristas, incitando a la violencia. No es la
primera vez que esto sucede y probablemente tampoco será la última. Mientras
tanto, el mensaje funciona. Antes de apuñalar a un hombre israelí en Jerusalén
el 7 de octubre, la adolescente palestina responsable compartió en su Facebook
que está feliz de convertirse en mártir y “morir por Alá”. Por ello, por más
que puedan actuar por cuenta propia, los llamados “lobos solitarios” responden
a la inspiración provista por los demagogos y referentes de este odio
arraigado.
Esta triste realidad a veces se escapa de la mirada de los
analistas y se explica en la afincada cultura de odio hacia Israel entre muchos
palestinos. Abás, vale recalcar, por ejemplo, como tesis de doctorado, entregó
un texto que cuestiona la existencia del holocausto y concluye que el
movimiento sionista complotó en liga con el nazismo. Cualquiera que estudie la
historia de los movimientos políticos palestinos encontrará que los árabes
siempre recompensaron a los líderes belicistas, o como quien dice, con
credenciales de freedom fighter, por sobre aquellos individuos que bregaron
abiertamente por la paz. Aquellas figuras dispuestas a cerrar cicatrices y
conciliar un acuerdo definitivo siempre fueron —y continúan siendo— denigradas
como traidoras, infieles y consecuentes con Israel.
Esta observación se confirma por la ambivalencia que
reflejan las encuestas de opinión llevadas a cabo en los territorios
palestinos. De acuerdo con Arab World for Research & Development (AWRAD), en
2007, si bien el 72% de los palestinos apoyaba la solución de dos Estados, el
60% opinaba que los países árabes no debían reconocer a Israel, incluso si se
alcanzaba un acuerdo y se creaba el Estado palestino. Con base en la misma
fuente, en 2010, aunque el 66,5% de los palestinos se mostraba a favor de las
negociaciones de paz, solamente el 12,2% hubiera aceptado un acuerdo que
renunciara a posiciones maximalistas, en pos de una solución permanente a la
disputa. Tal vez más preocupante, casi el 24% enfatizaba que la violencia era
el método más efectico para dar con un Estado palestino.
A grandes rasgos, cinco años más tarde la situación no ha
cambiado. AWRAD cita que el 46% de los palestinos se opone a las negociaciones,
y Marwan Barghouti, quien ganara notoriedad en las intifadas tras planear
diversos ataques contra soldados y civiles por igual (motivo por el cual está
en una prisión israelí), es en este momento el político más popular de la
escena palestina. Los datos se condicen con los hallazgos del Palestinian
Center for Policy and Survey Research (PSR), que muestran que el 51% de los
palestinos se opone a la solución de dos Estados. Incluso así, el 42% de los
encuestados cree que la violencia es el método más efectivo para conseguir un
Estado palestino. Luego, un 26% afirma que la aspiración a largo plazo de la
ANP es conquistar Israel y matar a la mayoría de sus judíos.
Para ver las cosas en perspectiva, también debe decirse que
el odio no corre en una sola dirección. En contraste, la citada encuesta de PSR
refleja que el 65% de los palestinos descree de la solución de dos Estados como
consecuencia de la expansión de los asentamientos judíos en Cisjordania, que
vienen creciendo a razón de un 4% anual aproximadamente. No todos los colonos
son pacíficos, y un ala importante de dicho establecimiento, identificada con
el sector más duro del espectro israelí, promueve operaciones clandestinas de
reajuste de cuentas —las llamadas “etiquetas con precio” (pricetags). Implícita
en esta postura, difundida entre los extremistas judíos, está la idea de que
todo agravio contra los colonos tiene un costo que tendrá que ser pagado.
Cuando algún palestino mata a un judío, los extremistas se sienten legitimados
para devolver la violencia. Lo mismo sucede cuando el Gobierno israelí desaloja
a los habitantes de un asentamiento. Los extremistas interpretan que las presiones
palestinas están detrás, ergo, se sienten habilitados para tomar represalias
contra la población árabe. Los ataques contra los palestinos van desde ofensas
verbales hasta físicas, daño y destrucción de propiedades, y representan un
hostigamiento continuo. A mi parecer, como alegoría de dicha supremacía
despreciable, durante mi visita a Hebrón en 2012 presencié un grafiti que
lanzaba: “Los árabes son los negros del desierto”. Sin dudas, las autoridades
israelíes no han hecho lo suficiente para paliar esta gravísima realidad, que
no hace más que retroalimentar la animosidad de un pueblo hacia el otro.
En conjunto, estos desarrollos han mermado la confianza de
los israelíes en la solución de dos Estados. De acuerdo con un estudio conjunto
de la Universidad Hebrea de Jerusalén y el PSR, si el año pasado 6 de cada 10
israelíes apoyaba dicho prospecto, hoy en día solo 5 de cada 10 confía en esta
solución. Bien, una encuesta de 2014 comisionada por Daniel Abraham Center
for Middle East Peace esclarece las razones detrás del pesimismo israelí.
Sugiere que la principal razón por la cual la mitad de los israelíes se opone a
la estatidad palestina no es ideológica, sino práctica. Por ejemplo, si los
Estados árabes reconocieran diplomáticamente a Israel como parte pautada en un
acuerdo, el 67% de aquellos que inicialmente contestaron que la estatidad
palestina era mala idea, estaría dispuesto a conciliar una solución basada en
parámetros similares a los negociados en Camp David en el año 2000. En este
sentido, los analistas coinciden en señalar que la victoria electoral de
Benjamín Netanyahu, a principios de este año, estriba de la preocupación
latente de los israelíes por su seguridad. Cabalmente, en este momento, por
todo lo que pasa a su alrededor, la mitad de la población piensa que no están
dadas las condiciones para vivir en paz con sus vecinos. Por otro lado, como lo
expresaba en una columna de agosto, mientras que la sociedad palestina
acostumbra a congratular a los responsables de perpetrar asesinatos contra
israelíes, la sociedad hebrea es tajante en su rechazo ante la violencia y el
terrorismo cometido por judíos. Me permito decir entonces que, en suma, el
maximalismo entre los israelíes, aunque ciertamente existe, no es el principal
factor detrás de la violencia.
Por lo expuesto anteriormente, Abás tiene razones para
querer que la comunidad internacional vuelva a centrarse en él y en los
palestinos. Como suele acontecer, los medios internacionales acostumbran a
darle muchísima mayor cobertura a las intervenciones israelíes lanzadas en
respuesta al terrorismo que a los propios actos de terrorismo per se,
catalizadores de la reacciones de Israel. Sin embargo, al actuar
imprudentemente, Abás podría estar jugando con fuego. El líder palestino está
desesperado por aferrarse al poder a como dé lugar y para ello necesita ganar
popularidad. Según el PSR, el 56% de los palestinos está cansado de Abás y
quiere que renuncie.
Con la atención del mundo en otra parte, y habiendo sacado
el máximo provecho posible de su ofensiva diplomática en los organismos
internacionales, para ganar posición en las calles palestinas, Abás necesita
ungirse con la credibilidad de afamado militante que tiene Barghouti, o con la
reputación partisana que viene aparejada a Hamás. A sus ochenta años, el
presidente palestino seguramente estará preocupado por su legado. Desde su
lugar, en la cultura política palestina, graduarse de una cárcel israelí es el
honor más meritorio al cual un líder puede aspirar. En este aspecto, para
comprar tiempo y sobrevivir un rato más en el poder, Abás necesita aparentar
las proezas de un miliciano dispuesto al enfrentamiento sacrificado.
A mi entender, de estallar una tercera intifada, esta podría
resultar sumamente contraproducente para Abás y su séquito. Israel respondería
fulminantemente, y el octogenario dirigente podría ver su liderazgo opacado por
rivales políticos tan astutos como sanguinarios. En todo caso, una nueva
intifada sería indudablemente un severo golpe para el prospecto de paz,
llevaría la discordia a grados extremos y arrojaría más tragedias sobre
tragedias. La causa palestina volvería a ocupar espacio en los diarios, pero a
costas de aplazar definitivamente el proceso de paz, si es que no lo termina de
sentenciar a muerte.